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 El virus del coleccionismo

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Max
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Mensajes : 188
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MensajeTema: El virus del coleccionismo   Sáb 10 Mayo 2014 - 15:07

Por casualidad llegué a esta nota y la comparto para que la lean...Lo mejor es la parte titulada "Memorias de colección"
Pueden leerla desde el link o sino está toda la nota más abajo.
Saludos
Max.


http://edant.revistaenie.clarin.com/notas/2008/10/25/_-01788198.htm

CRONICA DE UNA SUBASTA DE ARTE
El incurable virus del coleccionismo

Por: Guido Carelli Lynch

Imperturbable, concentrado, Adrián anota cifras en silencio. A pesar de sus sesenta y tantos bien vividos, de la enfermedad, se lo ve saludable. No pierde la calma, porque desde hace años convive con el virus que, aunque es incurable, no va a matarlo; al menos, no todavía. Como un agente secreto, tiene muchos nombres. Esta noche, para todos los asistentes a la subasta en la Galería Arroyo, es Adrián a secas.

Una vez más y a pesar del pseudónimo, en poco más de 35 minutos, los casi 200 asistentes al remate de arte saben ya quién es Adrián, flamante dueño de todas las miradas y del óleo sobre tabla Madame Simone, de Alberto Trabucco, que tasado en 65.000 pesos, le pertenece por otros 20.000. Los testigos conocen su secreto y comparten, algunos en silencio, otros envidiosos por la puja perdida, el virus solitario del coleccionismo.

"Es un virus: si uno siente que esta pasión del coleccionismo lo está arrastrando demasiado lejos, lo más que puede hacer es reposo y esperar que la fiebre pase; pero curarse, nunca", sentencia y escribe Jorge Helft, uno de los máximos exponentes de este arte compulsivo de acumular obras de arte, y último eslabón de una familia de coleccionistas.

Adrián, que lleva invertidos más de 100 mil dólares en una hora, rechaza la copa de champán con que la casa de subastas convida –'y de paso nubla y envalentona?– a los potenciales compradores. Admite que como tantos otros fanáticos de su categoría, empezó a coleccionar arte mucho después de experimentar con otras posibilidades, que no menciona. Acaso haya compartido la pasión de la filatelia que ocupó a Helft durante su infancia; difícilmente haya criado obsesivamente un palomar, como otro de los peces gordos del gremio local de coleccionistas el director y fundador del Malba, Eduardo Costantini.

La conversación se interrumpe de improviso: un lote interesa. Detrás del atril, el rematador exige silencio, pero los murmullos se justifican: la última compra de un colega de Adrián, que se presentó como C.N. trepó 60 mil pesos sobre la base inicial. Su momento pasó, ahora es el turno del héroe anónimo que posó sus ojos más humildes sobre un óleo sobre tela del contemporáneo Ary Brizzi. Sin embargo, como si lo intimidara el precio base de 6.500 pesos, todavía no se anima a pujar. Pasan los segundos y el rematador recalca una y otra vez la oferta que todos parecen estar dispuestos a ignorar. No sería la primera ni la última obra de la tarde-noche en pasar desapercibida. Pero justo al final, cuando el rematador está por bajar el martillo, resignado, Adrián dice, casi susurra: "Base". El subastador se reincorpora, toma aire, y levanta la voz: "Tengo base, base", repite y, por arte de magia, otros coleccionistas despiertan. 7.000, 7.500, 8.000. Adrián se limita a levantar de a "quinientos", la única palabra con la que insiste. Ahora, la oferta que había recibido sólo indiferencia se convierte en una "muy solicitada", según el análisis circunstancial del hombre del martillo. "12 mil", allá al fondo, señala. Repentinamente Adrián abandona su estrategia y patea el tablero. "14 mil", la misma cifra repite el subastador. No se escuchan murmullos ni aplausos, el Brizzi es de Adrián, que ahora otra vez imperturbable, concentrado y aplicado, vuelve a su rutina y anota en el catálogo el valor de la obra.

La excitación general cede, sin embargo; Adrián nunca parece haberse alterado. Ni rastros del "gran deseo de tener, el nerviosismo mezclado con adrenalina", que cruzó por ejemplo al mismo Costantini en Londres durante la subasta de arte contemporáneo en la que tuvo que triplicar el precio millonario para quedarse con un cuadro, "el mejor" de Beatriz Milhazes.

Alguien cercano a Adrián cree que en la familia del coleccionismo y las subastas, el dinero a veces no alcanza, pero al final... lo puede todo. No da nombres, pero deja bien en claro la diferencia entre tener plata, una gran colección y buen gusto. Costantini, que desde que empezó a coleccionar tardó 15 años en comprar "algo que valiera la pena", aclara también que está cansado de ver cuadros intrascendentes, que cuestan millones pero no valen nada, en las paredes blancas de las casas lujosas de algunos amigos. Gabriel Werthein –otro nombre pesado de la logia– justifica el aporte de todo nuevo engranaje al circuito del arte. En cambio, Rubén Cherñajovsky, empresario, dueño de un Kieffer, entre otros tesoros, y soñador de un Bacon, señala que el ingreso de millonarios extravagantes que compran obra y estatus en el mismo combo, además de empujar los precios del mercado, "es típico". Concede que muchos empiezan por ahí y acaban por ser amantes de sus inversiones artísticas.

Un poco más atrás en el tiempo la chilena Denise Ratinoff, rematadora profesional de Cristhie's, la casa de subastas más importante del mundo, dirige en el Malba –histriónica– la primera subasta de fotografía latinoamericana en Argentina, a beneficio de Esclerosis Múltiple Argentina (EMA). Otros miembros de la fauna coleccionista salen a la luz: las generosas damas acaudaladas de la caridad porteña.

Un amigo fotógrafo, lejos de los 6 mil dólares que se pagó por la gigantografía de Marcos López, se lamenta por no tener un tío rico que levante la cotización de su obra. "Que los hay, los hay", dice Adrián, sin quebrar códigos, sobre los especuladores del arte.

Lejos de los vicios, del barniz de las asociaciones de amigos de los museos, de la inversión de bajo riesgo tan promocionada por banqueros y entidades financieras que –hay que decirlo– son los grandes tenedores de arte, el coleccionismo es y ha sido a lo largo de la historia el motor más importante del arte, detrás de la creatividad del artista. Hay quien supo combinar ambos atributos, como Pablo Picasso, coleccionista eximio. Así se consideran también, Costantini, Helft, Cherñajovsky, Werthein, y el anónimo, falso y enfermo –adicto como ellos– Adrián, a secas.


Memorias de colección

Digámoslo de una vez por todas. Antes que un coleccionista de arte, soy –qué le vamos a hacer- un coleccionista puro y duro, vale decir, un hombre atacado en la cuna –o quizás mucho antes- por ese virus que Freud calificó de "neurosis obsesiva". Y digo virus porque si uno siente que esta pasión del coleccionismo lo está arrastrando demasiado lejos, lo más que puede hacer es reposo y esperar que la fiebre pase; pero curarse, nunca.

"No puedo dejar de evocar a ese incurable coleccionista llamado Pablo Picasso. La catalogación de todo lo que dejó al morir ocupó a un nutrido equipo durante varios años. Nunca tiraba nada y clasificaba minuciosa y obsesivamente todo lo que conservaba. En los depósitos del Museo Picasso hay –entre centenares de otras- dos cajas con restos de boletos de entradas de cine.

El coleccionista quiere un universo: tener todo de algo. La idea de tener "sólo una parte" es para él la más insoportable de las torturas.(...)El coleccionista quiere el objeto por el objeto en sí mismo, no por ningún otro valor adicional. (...) El virus se vuelve ingobernable cuando otro coleccionista busca el mismo objeto y uno corre el peligro de perderlo. Es difícil de explicar, porque en este afán de posesión no hay nada de competencia, pero sí un inmenso alivio en ganarle de mano a un rival". (...) Para un coleccionista virósico –parafraseando a Perón- no hay nada más interesante que otro coleccionista, que visitar colecciones. (...) Cada mañana, desde hace cuarenta años, al levantarme, miro largamente las obras que elegí para mi dormitorio; después recorro con igual detalle y amor las que están en los otros ambientes de la casa, y si estoy lejos, las extraño como a alas personas que más quiero. Las miro no como quien dice "buen día", sino casi como quien se reconoce en el espejo del baño. Porque siento que más que nunca, al mirarlas, yo soy yo.

Recuerdos de un coleccionista , de Jorge Helft, Ediciones de la Flor, 2007
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